El domingo manejamos de 9 a 18 y sólo hicimos 300 km. La noche nos agarró en un pueblito mínimo de cinco casas y una luz. No vemos la hora de llegar a la llanura de la costa.

El lunes nos levantamos a las 5:30 para arrancar temprano y proyectar, pero Roly se empacó. Estábamos muy alto en la montaña y a la noche heló: combo tétrico para las baterías y el motor.

Probamos todas las técnicas: el aerosol “arrancador” mágico, el puente entre baterías e incluso incursionamos en el “apantallamiento fotográfico” para calentar el motor, pero no hubo caso.

Después de varios intentos fallidos tuvimos que usar nuestro comodín: prender el generador para cargar la baterías. Cada media hora probábamos, pero nada. Mucha batería y pocas nueces.

Los locales empezaron a acercarse. Uno me saludó “good morning” y otro se le quedó hablando a Alex. “¿De dónde es?”, preguntó. “Argentina”, respondió Alex, pero el lugareño quedó absorto, “¿y por qué es gringo?, repreguntó.
Dispuestos a creer en cualquier macumba decidimos intentar el viejo truco de “pedazos de cebolla en la entrada de aire”. Después de repetir la palabra “cebolla” de todas la formas que se me pudieran ocurrir, vi en el estante la verdura buscada. “Esto”, le mostré a la señora, que con una sonrisa respondió “ah, cebolla”. Juraría que lo había pronunciado igual, pero vaya uno a descubrir los engaños del cerebro.
Después de envolver las cebollas en una bolsa de plástico agujereada nos dimos cuenta que el esfuerzo era inútil. Sin embargo, existía otra posibilidad, quizás la última y más primitiva, de empujar a la Roly a la ruta y que allí fuera cuesta abajo.
Cuando había ido por la cebolla un señor de gorra se había ofrecido a ayudar empujando, así que le comenté al Chino y fue a buscarlo. A lo lejos veo que Alex se acerca con otro hombre que además de usar gorra estaba de la gorra. Venía gritando que era mexicano y hablaba portugües, que tenía una batería y nos iba a sacar con su avión.
Alex me levantó los hombros y manitos como diciendo “me siguió” y automáticamente prendí mi instinto “directora de escuela indignada”. El ebrio era imparable, quería manejar a Roly a toda costa. “A ver, a ver, SILENCIO”, le ordené, abusando de mi género femenino.
“Calladito me acompaña a empujar atrás”. Obediente, el borracho me siguió, aunque lo de silencio no le quedó muy claro. “Uno…dos…”, gritó Alex desde la puerta del conductor. “Tres”, balbuceó el ebrio desplomándose en la barra de atrás, haciendo todo tipo de movimientos contraproducentes.
En vano tratamos de empujar, porque la Roly iba como marialapaz, lapaz, lapaz, unpasopatrás, patrás, patrás…
De la nada apareció la familia del borrachín, tres mujeres fuertes dispuestas a empujar y alivianar la carga. De nuevo intentamos y nada. A esta altura el ebrio estaba en un estado de verborragia imparable y la situación no daba para más.
A lo lejos escuché un motor y corrí a la ruta. Obligados a frenar por el piquete unipersonal los camioneros preguntaron cómo podrían ayudar. Les comentamos que teníamos un cable (como no podía ser menos, la mosca acotó que él también) y accedieron a remolcarnos.
En dos minutos estábamos sobre la ruta y después de un par de intentos la Roly arrancó (eran las 10:40). Nos fuimos felices, aunque compadeciéndonos de esa familia, que convive con la pesadilla desde temprano.

La hipotética proyección quedó en la nada, ya que no estábamos dispuestos a dormir otra noche en un pueblito en la montaña. Manejamos todo el día hasta llegar a Nasca.
Cuando frenamos a preguntar por un camping la Roly se volvió a embriagar, aunque esta vez ni se movía. Parece que el problema que arregló Fernando en La Paz era el síntoma y no la enfermedad.
En vano esperamos al mecánico que nunca llegó, así que dormimos al lado de la Panamericana, en la entrada del Hotel Nido del Cóndor.