En las trincheras
Este post fue pensado para aquellos aventureros que se atrevan a cruzar de Bolivia a Perú motorizados.
La historia empieza en el último pueblo del mapa boliviano: Desagüadero. El pedido de colaboración arranca antes de lo previsto, en el peaje de ingreso. Alex se negó a coimear (ejercicio al que venimos acostumbrados) y pasamos sin problemas.
El trámite fronterizo se hacía esperar hasta que la señora detrás del mostrador le sonrió a Alex diciéndole que ya está todo hecho en el lado boliviano. Nos acercamos a la barrera de gendarmes, pero resultó que todavía faltaban papeles para los uniformados.
Vuelve el pedido de coima, esta vez seguido de la chicana amenazante: “le podría hacer una multa por intentar cruzar la barrera sin todo lo correspondiente, serían Bs100″ y entredientes le acotó a su compañero, “tendría que dejar una voluntad” (¿?, así como lo oyen).
Por suerte, los hermanos policías no se avivaron que la coima se pide antes de sellar los trámites, así que sin miedo nos negamos. “Van a ver, del otro lado son peores”, atinó a excusarse.
Cabe aclarar que los pueblos fronterizos son similares al primer día buscando aulas en la UBA. Mientras los demás aparentan saberse todos los trucos, uno pareciera estar inmerso en un sinfín de incertidumbres.
El lado peruano parecía andar bien hasta que un policía se le acercó a Alex y le ordenó, “va a tener que acompañarme allí”, mientras señalaba un cuartito. Cuando me vino a avisar que lo inevitable sucedería, se nos ocurrió que llevara Bs20 (US$3) en su billetera.
Alex entró al cuartito tránsfuga y vio cómo un extrangero le entregaba unos verdes al azulado. “Acá todos pagan 50″, le indicó a Alex, sin aclarar de qué moneda estaba hablando. “Pero yo sólo llevo 20″, retrucó, mostrándole su billetera de pobre.
Sin chistar el cana aceptó la limosna involuntaria y huimos de estos pueblos endemoniados.






